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“Escribir es enfrentarse al monstruo de la escritura” reza una de las entrevistas que Iñaki Gabilondo le realizó a Don premio, García Márquez, en el año 1996[1]. Natural, suelta, tranquila –humanamente real– esta conversación expone a un Gabo, en principio, temeroso porque, según él, la posibilidad de cometer un error gramatical o sintáctico en la entrevista podría acarrearle problemas colosales: problemas que no sabría cómo sortear.

¿Pueden imaginar mi sorpresa ante un Gabo receloso y timorato a la hora de hacer lo que mejor y –pienso yo– únicamente sabía hacer?, ¿vislumbran –siquiera un poco– mi desconfianza ante el miedo de un hombre por el uso de sus palabras con todo y que es ello, solamente por ello, por lo cual se le conoce y lo quiere todo el mundo?

No… No podrían hacerse de ninguna idea. Ninguna.

García Marquéz en el I Congreso Internacional de la Lengua Española
Fuente de la imagen: ABC
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El mismo García Márquez que tiempo después –en un congreso de la Lengua española del año ’97– quería jubilar la ortografía por inútil y contraproducente, ese hombre definitivamente en nada tiene que ver con aquel Gabo que se negó cientos de veces a hablar con Gabilondo porque, según yo, un personaje como él no podría tener miedo a expresarse: no, no podría. Es que… esa no fue la versión que la escuela y la universidad me obligaron a repetir del escritor más importante de la historia de mi país. Nunca. Ni por asomo.

Directo, honesto y, por sobretodo, dicharachero, en esta entrevista el Nobel colombiano admite el cansancio y la dificultad que le significa escribir; sin olvidar que es allí donde responde a la pregunta que todos alguna vez nos hicimos –mientras estuvo vivo– respecto a su aparente silencio y apatía con el conflicto eterno en Colombia:

“no soy quien trata de responsabilizarse o de irresponsabilizarse”, explica García Márquez: “sino que son algunos sectores del país que tratan de darme responsabilidades que yo ni merezco ni quiero (…) me abruma mucho, me molesta y me preocupa muchísimo porque yo lo tomo como un síntoma de la grave situación del país. Hay una crisis total de liderazgo y, entonces piensan, que tienen que encontrar un líder en cualquier parte. Pudieran haber pensado en un futbolista, pudieron haber pensado en alguno de los héroes de las telenovelas, pero suponen probablemente que yo puedo tener una mejor preparación para ser el que dé las luces para una solución en Colombia”[2].

Y no, no es así. Él no es el dueño de la última parte pero no se necesita de ninguna interpretación detallada ni extensa para entender muy bien lo que quería decir. Gabo fue apenas un escritor: un fabulador al servicio del único oficio que le iba en la vida y, el que aquello le haya significado un reconocimiento mundial, no es sinónimo de que pudiera hacer algo más, no es sinónimo de que él hubiese podido probar con algo distinto o mejor. La responsabilidad social de las figuras públicas es netamente arbitraria, ya que esta está sujeta a ideas que cada uno –en la soledad de su estudio o el éxtasis de una canción camino al trabajo– ha decidido crear a partir de lo que siente –de lo que cree natural en una conciencia que actúa o pinta de semejante manera–, sin que por ello dichas ideas correspondan a la realidad.

¿Por qué asumir que un artista es o debería ser de determinada manera amparados en ideas que nosotros –solo nosotros– hemos construido? ¿Debe responder la figura mediática a valores y aptitudes que no posee, que no quiere poseer?

Por supuesto, mi ánimo no corresponde a liberar de obligaciones o activismo social a la grandes figuras públicas bien que, como ciudadanos, son dueños también de un espacio y una voz, sin embargo, ¿cómo responder a arquetipos, a habilidades o pensamientos que no son más que ideas de un público, que no son más que la lecturas erróneas de un aficionado que no puede –no sabe– separar al autor de su obra?

En una entrevista redactada por marzo del 2012 Shakira –vía satélite para la BBC[3]– contó que participaba en actividades que sobrepasan los límites de la música y aseguró que los artistas tienen responsabilidades. Además, recalcó que todas las figuras públicas que aparecen ante las cámaras deben aprovechar su posición para salvar el mundo. Sí, para salvar al mundo dijo, empero: ¿se puede entender la responsabilidad social de los artistas o figuras públicas al nivel de aquella máxima de Hobbes[4] donde el estado es el resultado del pacto de una multitud de hombres que han decidido –por mayoría– que uno de esos hombres tiene el derecho de representar a la persona de todos?, ¿tienen los artistas, futbolistas, pensadores, escritores… que aceptar todas las acciones y juicios de ese hombre o grupo de hombres, lo mismo que si fueran los suyos propios?

No necesitamos respuesta, infiero. No obstante, ¿a dónde quiero llegar con todo esto?

Camila Loayza –nueva directora de Aula Libre– me ha invitado a ser parte de esta gran comunidad difusiva e independiente y, como es fácil de imaginar –más allá de la emoción por la invitación– luego estuvimos hablando de la difícil realidad social, económica y política que atraviesa mi país, mas… ¿qué contarle a Camila?

Además del abuso policial, de un nuevo episodio del paramilitarismo en Colombia y la intransigencia de un estado que solo quiere oír sus soliloquios como se ha visto por redes sociales y que ya conoce el mundo entero, ¿qué otra cosa podría yo decirle?, ¿tengo la capacidad para hacer una lectura fidedigna y, por demás, total de lo que pasa cuando, a estas alturas, en Colombia ya nadie sabe lo que sucede? La desigualdad, el aumento de la pobreza o la corrupción son solo lugares comunes tanto en Colombia como en América Latina, por lo cual apuntar a ellos como causa es redundar simplemente. Debo hablar. Debo hacer uso de los canales difusión e interacción que manejo para exponer una problemática profunda que nos ha tocado a todos en Colombia y, sin embargo, ¿cómo corresponder a un discurso que lo abarque todo?

Conflictos en Colombia 2021
Fuente de la fotografía: Radio Gráfica
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Para algunos de mis vecinos el denominado Paro nacional no ha sido más que la instrumentalización de una masa social y progresista para la búsqueda de plazas políticas de cara a las elecciones del próximo año. Para otros, las movilizaciones son justas y necesarias en la medida en la cual la rabia y hasta la destrucción misma del país no son sino el producto natural de una ciudadanía que no puede más, de un pueblo que lleva años buscando un buen empleo, de un país cuyas certidumbres de tener una casa o brindar educación digna para los suyos han dejado de ser certezas de vida para convertirse en incertidumbres diarias o, en verdad, el lujo de una única clase social y política que nunca mira hacia abajo. Para la mayoría de mis amigos, el paro es un acto simbólico en el que la resistencia y la dignidad llevaban la batuta, en el que la ciudadanía demuestra que la calle también es un escenario para reivindicar una voz y ejercer su legítimo derecho a la democracia, con todo y que esto cueste la vida a muchos –lo cual no debería pasar en ningún rincón de la tierra– y que, además, debe mantenerse hasta que existan garantías suficientes para poder vivir en comunidad y en paz. Para mí… Para mí ha sido una multitud inabarcable desde la ventana del lugar donde trabajo, ha sido una vuelta a las cavernas y la ínfima necesidad de llegar sano a casa luego de ir a buscar el sustento y, como cualquier primate, tener miedo de lo que se puede encontrar en cualquier esquina como marchante, como trabajador, como civil: aquí nadie está a salvo de nada… Ha sido el insomnio de noches absurdamente largas en las que las redes sociales están repletas de videos de disparos y masacres a la población, en las que un estado de conmoción resulta inminente, en las que este país se convierte finalmente –y de frente– en una dictadura… El paro nacional como algo que me toca todos los días, pero no entiendo. Por ello… ¿cómo asumirme como portador de la verdad: como demostrar genuina objetividad?

Sí, ese es mi enfrentamiento contra el monstruo de la escritura: la incapacidad de hablar o mostrar algo que puede ser completamente creíble porque, si ante Gabo no me cabe la conmoción al descubrir que le teme a aquello que lo hizo el colombiano más universal de todos, ¿cómo asegurar que es mi versión de las cosas algo que deba multiplicarse o siquiera compartirse?

Hace un par de años la madre de una de mis exparejas me habló de su travesía por la antigua Unión Soviética y lo que para ella había sido un viaje a otro mundo, mientras que para García Márquez dicho viaje no resultó más que la vuelta a cualquier región colombiana porque tal fue la estrechez provinciana encontrada en tan lejano lugar que no pudo diferenciarlo respecto de las aldeas colombianas[5]. Sí, en tanto mi antigua suegra –con rostro demudado y expresión asustada– afirmaba que la vigilancia extrema de militares, que la ración de urraca –o lo que parecía una urraca– en todas las comidas, que el jugo de remolacha como único aperitivo y la inutilidad del dinero la hicieron sentir literalmente en otro mundo, para Gabo cruzar la denominada Cortina de hierro no resultó más que “la comprobación de que el mundo es más redondo de lo que uno cree y que a sólo 15 mil kilómetros de Bogotá, viajando hacia el Oriente, se llega otra vez a los pueblos del Tolima”.

Gabriel García Márquez en Moscú
Fuente de la fotografía: Russia Beyond

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¿A quién creerle nada?, ¿cómo tener la certeza de que uno mismo puede ser fuente objetiva y confiable de una realidad que en dos versiones de un mismo lugar en nada tiene que ver la una con la otra?

García Márquez me hizo saber que en su viaje los visitantes lo obligaban a recibir regalos y lo hartaban con tanta dádiva y ofrecimiento que no pudo más que terminar asqueado de la hospitalidad de los soviéticos. Al mismo tiempo, la madre de mi exnovia me hablaba del infierno que –como en cualquier película gringa– le representó el no poder servirse otra copa de helado dado que el dinero al ser solo una cortesía –una cortesía para que los occidentales no se sintieran en otro mundo– nunca nadie podía repetir lo único bueno que había en una nación de más de 22.400.000 kilómetros cuadrados.

En efecto, un niño toca un piano mientras su padre irrumpe en una casa vecina junto a cuerpos de inteligencia de la dictadura de Videla y el vecindario –y su familia misma– lo interpreta como la celebración –la aprobación– de dicha violencia atroz. Años después, este hecho –como todo lo que jamás se denuncia– vuelve a ocurrir, y ese niño, que ahora es un hombre, ha cambiado el piano por el ordenador y, al tiempo que en dicha casa vecina vuelven a ocurrir hechos horribles, el vecindario interpreta su gesto nuevamente como una celebración: como un respaldo. ¿Para qué preguntarle nada a semejante tipo que de niño tocaba piano y hoy, de grande, escribe novelas mientras el vecindario se consume en una guerra que parece interminable? De esto va Una misma noche de Leopoldo Brizuela[6]. Y, en tanto nos hemos acostumbrado a asumir que un cómplice no merece perdón ni, mucho menos, oídos que escuchen sus razones para hacer lo que ha hecho, Brizuela construye la radiografía de uno de los episodios más oscuros de la historia argentina y que permite entrever que entre algunos de los victimarios de la persecución a grupos de izquierda popular o sionistas también hay víctimas y, por sobre todo, la obligación de darles la palabra. Es que… Leonardo Bazán –aquel niño del piano y el hombre del ordenador– no puede hacer otra cosa más que guardar silencio porque, sí, el impacto de todo lo que ve no le deja ni entender lo que sucede a su alrededor. Leonardo es un adolescente –como cualquier otro– y no puede más que perder el sentido común al ver en su padre –en el hombre que lo ha acompañado toda la vida– a un antisemita que, acompañado de la patota, se mete a la casa de sus vecinos para destruirlos: para hacerles daño y acabar de una vez por todas con ellos… Sí, el Bazán escritor es el mismo Bazán pianista que no tiene otro remedio más que canalizar el miedo que lo corroe en algo que lo despoje de tanto terror porque –aunque se lo tilde de miserable y cómplice porque fue desde su comenzó todo lo que el barrio nunca podrá olvidar– todo lo que le pasa le duele más que a ninguno de sus vecinos porque nunca nadie se ha acercado a decirle qué es lo que pasa en su país y, mucho menos, tenderle la mano para que haga catarsis: para que cuente desde adentro lo sucedido…

Las leyes, según Montesquieu, no son más que “las relaciones necesarias que derivan de la naturaleza de las cosas”[7]. Para Platón son la razón de la ciudad y dicha razón no es más que el gobierno de los hombres[8]… Y, sin embargo, la aceptación de que existen verdades absolutas, con todo y el contrasentido que esto supone, nos rige como una ley absoluta… La verdad como la mejor de las mentiras, por eso: “comprendo que la escritura es una manera única de iluminar la conexión entre el pasado y el presente. Y eso me alienta a empezar: no como quien informa, sino como quien descubre”[9].

Referencias

[1] Programa Hoy por hoy de la cadena Ser. Gabilondo, I. Canal Orlando José Oliveros Acosta de Youtube, 22 de enero de 2020.

[2] De a entrevista de Gabilondo, I.

[3] Redacción BBC mundo, (2012). La responsabilidad social del artista según Shakira, BBC News.

[4] Hobbes, T. (1990) El leviatán, Edición de Sergio Sevilla, Universitat de València, Valencia.

[5] García, G. (1982). De viaje por los países socialistas, Editorial Oveja negra, Bogotá.

[6] Brizuela, L. (2012). Una misma noche, Editorial Alfaguara, grupo Santillana, Bogotá D.C.

[7] Montesquieu, C. (2007). El espíritu de las leyes, Losada, Madrid.

[8] Platón, (2014). Las leyes, Alianza editorial, México D.F.

[9] Brizuela, L. (2012). Una misma noche, Editorial Alfaguara, grupo Santillana, Bogotá D.C.

Leandro Martínez Mora

Maestro de lenguas, español y literatura. Director de la Revista digital Oopart, colaborador del colectivo MalCitados y miembro de la Red Latinoamericana de Opinión Pública. Lector de novelas y, en especial, asiduo y aciago escribidor de ficciones.