¿Marxista y Burgués? / Marx y Engels en una imprenta en Colonia – Pintura de E. Chapiro

Una crítica a la lógica de la coherencia identitaria

¿Es una contradicción ser marxista y burgués? Para empezar, Engels lo era, y no por ello era menos marxista. El mismo Marx no era precisamente un proletario, y, sin embargo, de su pluma nace una parte importante de la modernidad. ¿Eran incoherentes estos personajes? Frente a tal acusación, suele suscitarse una réplica y una contra-réplica:

  1. La réplica común del marxismo vulgar es la siguiente: “¡Incoherente tú, que apoyas el capitalismo y no eres dueño de capital alguno!”. Obviamente, refiriéndose a un pequeño-burgués o proletario que tenga tendencias liberales.
  2. Y la contra-réplica suele ser: “Capitalista puede significar dos cosas. Ser partidario del libre mercado o poseer gran capital. Sólo un inepto puede confundir ambas”.

Bien. Para responder nuestra pregunta principal, cuestionaremos tanto la réplica (1) como la contra-réplica (2). Comenzaremos con el marxismo vulgar[1].

A decir verdad, esta réplica reproduce la falacia original de la acusación, solo que invertida. Cree que siempre debe existir correlación entre nuestras ideas y modo de vida, para que, bajo ese parámetro, se nos juzgue de coherente o incoherente. Lo que en realidad se juzga no son nuestras ideas, sino nuestro comportamiento, reducido a la pertenencia a una clase social, acorde o no a esas ideas, que se cristalizan en una posición política[2]. Es decir, lo que se pondera es la identidad. Si eres marxista, deberías ser pobre o proletario. Si eres capitalista, deberías tener mucho dinero. En cualquier otro caso, eres incoherente. A esta tesis llamaremos: Lógica de la coherencia identitaria [LCI].

Parece totalmente coherente juzgar a una persona según cuánta correlación haya entre sus ideas y modo de vida. En verdad, es más sensato exigir esa correlación a los políticos y no a los ciudadanos de a pie. Pero, ¿qué sucede cuando se ponderan macro-ideas como un sistema económico, político o religioso? ¿Por qué no cuestionamos a los ateos que celebran navidad? ¿O a los católicos que tienen sexo antes del matrimonio? El pensamiento está lejos de la práctica. Jamás alguien podría cumplir cabalmente las exigencias de su ideología. Al contrario, ésta ayuda, apoya y diluye las fricciones antagónicas que habitan en su ser. El humano no imita a sus ideas; más bien, sus ideas lubrican su modo de vida con los demás. La identidad es parte de este mecanismo. Es más, algunos autores, como Malesevic, consideran que hoy en día, la ideología aparece principalmente bajo la rúbrica de la identidad[3].

Aunque las cosas no deberían ser así, pero lo son, el humano es por principio contradictorio[4]. Es ocioso multiplicar los ejemplos. El humano es todo menos racional. O, si queremos ser justos con en el sentido aristotélico, diremos que participamos de la racionalidad, en mayor o menor medida. Alguien completamente coherente sería un tipo ideal. ¿Entonces por qué juzgamos al hombre común como si tuviera la obligación moral de poner en práctica sus ideas (cual si fueran ideales encarnados)? ¿No sería esto una ideocracia, como diría Arendt? ¿Una tiranía de la razón sobre la vida, como pensaría Nietzsche?

Suponiendo que es legítimo juzgar así a una persona, veremos qué sucede cuando se confunde liberalismo con capitalismo y marxismo con socialismo. El resultado es algo así: sólo pueden ser coherentes los pobres y los ricos, siempre y cuando los primeros sean socialistas y los segundos capitalistas. Aunque le disguste a la LCI polarizadora, el hombre común es clase mediero. Ni lo uno ni lo otro. O es un mal burgués siendo socialista, o es un mal proletario siendo capitalista. No le quedaría otro remedio que ser incoherente con sus ideas. Para la LCI no existen los puntos medios: su objetivo es juzgar. Y, sin embargo, no juzga su propio juicio, según el cual las ideas tienen que corresponderse necesariamente con la posición de clase. ¡Ojalá fuéramos tan perfectos!

Entonces: Que un marxista vulgar (1) le responda “incoherente tú” al capitalista proletario no es más inteligente ni menos paradójico. Cae en su misma lógica. Ahora veamos la contra-réplica (2), según la cual el marxista vulgar mezcla dos acepciones distintas del término “capitalista”.

Irónicamente, esta contra-réplica podría aplicarse también al marxista vulgar (1). Ser socialista puede significar vivir en un sistema socialista o ser partidario de dicha doctrina. Por lo que, con el juego apropiado de significados, la contradicción se disuelve. En realidad, el ‘marxista vulgar’ jamás confundió los términos. Él sabe perfectamente que ‘capitalista’ puede significar ambas cosas. Lo que él está juzgando es que un capitalista (ideológicamente) no tenga capital (de facto). Lo propio con el marxista: se juzga que goce de los lujos del capitalismo (de facto) mientras sostiene una postura socialista (ideológicamente).

Jugar con las acepciones de modo que refutemos a nuestro interlocutor no es muy serio. No se es fiel al razonamiento lógico. No abdicaremos ante semejante huida. Consideraremos falaces tanto la réplica (1) como la contra-réplica (2). Pero la cuestión original sigue en pie. “¿Es una contradicción ser burgués y marxista a la vez?”. Para responder, recurriremos al mismo marxismo, en su versión teórica o epistemológica, no ideológica o militante.

Bien. Desde el materialismo histórico, no hay contradicción. O, mejor dicho, la contradicción se entiende de diferente manera: no recae en la identidad individual, que es un ideal subjetivo propiamente burgués, sino en la estructura total de la sociedad. Dialécticamente hablando, es perfectamente entendible dos hechos:

  1. Que la ideología de la clase dominante esté también en las clases proletarias, de modo que aboguen por el capitalismo sin poseer los medios de producción, confiando en la igualdad de oportunidades o la justicia redistributiva del mercado.
  2. Que haya burgueses que, habiendo tomado consciencia de la explotación, busquen abolirla ―sin renunciar a sus privilegios de clase en el proceso―, a modo de justificar la culpa adquirida con esa consciencia.

Con los ‘pequeños burgueses’ el tema es más complejo, debido a que es una clase intermedia, que no posee más medios de producción que su propio intelecto o técnica, pero tampoco es pobre como tal. De modo que, ambos puntos se aplican a éstos. Si queremos evaluar (ya no juzgar, como lo hace la LCI) la coherencia discursiva de una persona en función a su clase social, haríamos mal en ignorar la naturaleza dialéctica de la sociedad, según la teoría marxista.

La LCI obedece a una necesidad de pertenencia en un mundo alienado, no a un análisis teórico. No es coherente con sus propios parámetros. Es decir, utiliza categorías marxistas para su juicio ideológico, pero ignora el funcionamiento teórico de éstas. En realidad, ella misma es un reflejo de la intolerancia y la incapacidad de entender las ideas de otros. Fenómeno que no se da sólo en función a las clases, sino a cualquier otro factor divisorio que sirva a la identidad, como la nación, el sexo o la cultura.

Lo más sobrio sería escucharnos ignorando este tipo de juicios de valor. Las posturas políticas, así caricaturizadas, son simples ideas, poco razonadas. De todos modos, la coherencia no es la marca indeleble del ser humano. Lo importante está en buscar el porqué de sus contradicciones, en vez de utilizarlas para descalificarlo en base a su identidad; más aún en nuestra época, donde la identidad se ha vuelto líquida, como diría Bauman.


[1] Esta expresión es una modificación tomada del mismo Marx, quien, en sus manuscritos filosófico-económicos, habla de un “comunismo vulgar”. Otro término que expresa lo que queremos señalar es “marxismo cultural”, que vendría a ser la ideología del marxista vulgar. Su rasgo principal es una desconexión de los escritos e ideas propias del mismo Marx.

[2] El tema de la consciencia de clase, que también tiene que ver con la ideología, es un tema aparte. De éste se deduce si el proletariado debería o no tener una clase dirigente, y si, en definitiva, una revolución puede nacer desde abajo. En este ensayo, donde nos enfocamos en le LCI lo que nos interesa son las posiciones políticas, que es más racionalizada y menos orgánica que la consciencia de clase, de allí que pueda, justamente, trascender a las clases sociales. La LCI es tan ideológica como estas posiciones políticas: marxista, liberal, socialista, capitalista, etc.

[3] Véase S. Malesevic, Identity as ideology. Understanding ethnicity and nationalism¸ Palgrave MacMillan, New York, 2006.

[4] Véase H. Arendt, La promesa de la política, Paidós, 2015, p. 60.

P.A.F. Jiménez

Estudiante de Comunicación, escritor, editor y filósofo autodidacta. «Filósofo» en el sentido originario del término: amante de la sabiduría, pero no de una sabiduría asceta, sosegada y contemplativa, sino de una extática e intempestiva, propia de los espíritus problemáticos y altivos. Mi mayor virtud y defecto: la sinceridad. Mi fe: el misterio. Mi convicción: la verdad. La gran ilusión: el Yo.