Homo Conspiranoicus. Ilustración de Aurora Pereira.
Aula Libre – ORBIS MLBA ©

– ¡Todo es culpa de George Soros!
Está volviendo a todos los niños gays y transexuales.
¡Maldito Nuevo Orden Mundial y maldito Bill Gates!
¡Yo sabía! Sabía que él, las farmacéuticas y los chinos crearon el coronavirus.

Sus exabruptos, mientras veía YouTube, ya no me sorprendían. Se habían vuelto tan comunes, que ahora solo su silencio podía causarme temor. No puedo olvidar los primeros días que comenzó con todo lo relacionado a las teorías conspirativas. Al principio, dudó y se reía de lo que decían, pero, poco a poco, comenzó a comentar sobre las ideas de esos vídeos, y supuestos documentales, a cada hora del día y con todos a su alrededor.

¿Me creerías si te dijera que el alunizaje es una farsa?
¿Y si te mostrara pruebas de que la tierra es plana?
Fue Kubrick quien grabó el vídeo de la llegada del Apolo 11 a la luna,
¿sabías?

Yo viraba los ojos cuando no me veía y, cuando estaba frente a mí, le decía que no me importaba si la tierra era plana o redonda. Eso era lo de menos. Además, no entendía con qué sentido la NASA nos mentiría, pero él sólo replicaba que aún no estaba lista para entender la verdad y despertar.

Nos quieren controlar con esas vacunas que te meten un chip.
¿Escuchaste? ¡Un chip!
Y encima nos obligan a usar barbijo,
sabiendo que eso enferma mucho más.
¡Hay miles de testimonios de ello!
Hasta Miguel Bosé lo dijo.

Tuve que dejar las papas a medio pelar para dirigirme al escritorio, desde donde profería sus gritos, para tratar de calmarlo y que no incomode más a los vecinos.

A ver si te vas dando cuenta de una vez…
¡Esto es una plandemia, mujer! ¡Una plan-de-mia!
Gracias a Dios,
Kalcker nos ha dado la cura para
el coronavirus, la depresión y hasta el autismo.
¡Ese sí es un científico!

Estando en el umbral, dudé en acercarme a él, pero quería que parara de hacer un escándalo, así que cuidadosamente me puse a su lado, para ver la nueva evidencia que había encontrado. Como siempre, a parte del olor a sudor que emanaba de su cuerpo cuando se pasaba horas sentado, el monitor estaba lleno de gotas de saliva. En él, se veía al patético de Rubén Luengas aun hablando. Desde que lo despidieron, hace ya unos meses cuando comenzó la cuarentena, se había reducido a ello, a lo que catalogué como el Homo conspiranoicus.

Su transformación comenzó cuando lo echaron de su empleo. Al principio, aún tenía una vaga esperanza de poder conseguir un nuevo trabajo. Fueron pasando los días y se dio cuenta que eso sería imposible. Todos los lugares en los que dejaba su currículum le decían que estaban por cerrar. Resignado, y dispuesto a utilizar nuestros ahorros hasta que todo mejorara,  decidió estudiar online para mantenerse capacitado.

Así pasó el primer mes. Cuando vio que todo estaba colapsando a su alrededor, y la situación estaba cada vez más lejos de cambiar para mejor,  pensó que tenía que haber una explicación para que todo esto pasase. Buscó respuestas a sus inquietudes en el internet. Pronto, no podía más que estar días enteros frente al computador o con el celular en la mano. Cada día renegaba más y más sobre el pésimo estado del mundo. Vociferaba, cual animal embravecido, que se acercaba el fin y un Estado mundial nos sería impuesto porque todo era parte de un plan de las élites.

Intentando comprender qué era aquello que hacía que pensara así, me detuve a leer el historial: Bill Gates quiere reducir la población mundial con vacunas, George Soros: la farsa de la filantropía, La oscura verdad detrás de la pandemia: covid-19, Elon Musk financió el golpe de Estado en Bolivia, ¿Es Bad Bunny un Illuminati?

Vídeo tras vídeo de charlatanes dando malas noticias o revelando quiénes controlaban el mundo a su antojo. Su paranoia y su irracionalidad ahora tenían explicación. Lo más absurdo no me parecía en sí el material que consumía de YouTube, sino la validez e importancia que le daba. De un momento a otro, científicos de renombre internacional eran confrontados por perdedores de internet, que negaban años de investigación y dedicación, reduciendo todo a una explicación absurda: es una conspiración.

Traté de convencerlo de lo contrario, poner en duda cada uno de los postulados que él profesaba como dogmas religiosos. Anoté cada una de mis réplicas y dudas sobre “sus verdades”. Pero, a cada pecado le sigue un castigo y eso fue lo que ocurrió. Una tarde, notablemente cansada de sus comentarios repetitivos como un mal comercial de televisión, intenté razonar con él. Le mostré mis apuntes, lo que había podido investigar que demostraba que todo lo que decía no tenía sentido alguno y que sus creencias estaban haciendo un daño a la sociedad…

Hasta ahora recuerdo su reacción y me provoca estremecimiento.

Estaba furibundo, sacado de quicio, loco. Nunca lo había visto así. Creí que iba a matarme. Con su dedo índice, que tenía la uña sucia y sin recortar, me señalaba.

Lo sabía… Eres una agente del Nuevo Orden Mundial,
una reptiliana en el cuerpo de mi mujer. ¡Maldita!

Mientras pronunciaba esas palabras, su rostro se teñía de rojo y sus ojos parecían globos a punto de estallar. Como si tuviera alas rotas en vez de brazos, tiraba las cosas a su alrededor, apuntando sin suerte. Gritaba que el mundo estaba mal, que se iba a poner peor y era por culpa de personas como yo: los herejes. Aquellos que no aceptamos que nuestros destinos son controlados por los masones, el Club Bilderberg, los Illuminatis, los Rockefeller y otros tantos patanes a los que youtubers de poca monta acusan.

Los días pasaron y ya no solo se trataba de si la tierra era plana o no, de la “estafa” del calentamiento global o del “falso” alunizaje. Su paranoia se extendió al ámbito político y se volvió fan de Bolsonaro y Trump. Nunca comprendí cómo había llegado a esa conclusión, pero, de la noche a la mañana, él creía que todo era culpa de los comunistas y que estos debían ser erradicados. Con fervor, pedía que vuelva Pinochet a poner orden, a tirar a los zurdos de un helicóptero o que los torture hasta matarlos. Traté de disuadirlo de su maniqueísmo, ampliar su panorama para que pudiera apreciarlo mejor. Fue inútil y sólo empeoró. Su transformación ya era irreversible.

A su pasión por políticos nefastos, le siguieron los documentales contra las vacunas. Cual si fuera una religión, predicaba entre los vecinos, cuáles eran los intereses ocultos por detrás de las campañas de vacunación y la razón por la que la sociedad debería rebelarse contra la imposición de vacunar a los niños. Su prueba más contundente: un documental realizado por Robert de Niro, en el que relataba cómo su hijo había adquirido autismo después de ser vacunado. Al principio creí que los demás lo despreciarían, como a una mosca que altera la quietud del ambiente, pero comencé a aterrarme cuando sucedió lo contrario. A mi alrededor, las voces comenzaban a repetir las mismas palabras que profería el Homo Conspiranoicus.

Quieren enfermarnos y enriquecerse a nuestra costa.
Son nuestros hijos, deberíamos poder decidir sobre ellos.
Las vacunas tienen mercurio por eso causan autismo.
Es una conspiración de las farmacéuticas.

Sin serlo, me sentí responsable. Había confiado en el sentido común de las personas, los había dejado expuestos a las incoherencias de mi marido y ahora debía hacer algo para revertir el caos y la irracionalidad. Impedida de salir de casa, les pasé por el grupo de Whatsapp algunos vídeos y documentos que explicaban por qué era importante que los padres vacunen a sus hijos. Algunos, los aún indecisos pero cobardes, me dieron la razón por privado. Los otros, la gran mayoría, me mandaban audios o me escribían insultándome.

Eres una pagada. Seguro eres agente de Bill Gates.
Tienes el cerebro lavado por ver tanta televisión.
¡Vives engañada, tienes que despertar!

Pasados unos días, me resigné. Tiré el celular por la ventana de nuestro sexto piso y me negué a perder mi tiempo. Ya era difícil soportar durante la cuarentena al Homo Conspiranoicus, tener que lidiar con otros como él no era algo que estaba dispuesta a hacer. Además, tenía que planear cuándo y cómo salir de esa casa. El lazo que alguna vez me había unido a ese hombre, estaba roto y no había forma de arreglarlo.

Cada que ponía las noticias o la radio, el Homo Conspiranoicus se mostraba escéptico. Así, dudaba de toda la información que daba el gobierno o los medios sobre el virus y las medidas de protección. El uso obligatorio de barbijos y la latente incertidumbre hacían que su desconfianza sólo empeorara. Cada que salía le rogaba que fuera con barbijo, por lo menos por respeto a los demás, él se negaba.

¿No te das cuenta que la mascarilla actúa como un bozal, mujer?
Usarla es acostumbrarse a ser un esclavo
sin voluntad propia, sin identidad.
Ninguna multa hará que me la ponga.
¿Comprendes o te lo explico de otra forma?

Cuando comenzaron las especulaciones sobre una posible vacuna, su paranoia brotó con mayor contundencia, pero también con niveles imprevistos de absurdidad. De alguna manera incomprensible, había llegado a la conclusión de que un chip nos sería implementado por medio de la vacuna y lo usarían para controlarnos por medio de las antenas 5G. Era incapaz de hacerlo entrar en razón y por eso debía irme. Aproveché que el Homo Conspiranoicus estaba en la calle y comencé a hacer mis maletas.

Inesperadamente, un conjunto de voces que provenían de la sala me alarmó y me hizo olvidar mi labor. Era él, había vuelto, pero ahora venía con otros hombres y mujeres de todas las edades. Se congregaban en la sala y planeaban cómo podrían derribar la antena 5G que estaba encima de un hospital. Poco les importaba la zozobra que causaría la violencia con la que planeaban tal acto, estaban movidos por algo que trascendía cualquier tipo de razonamiento. ¿Fe? Tal vez. La forma en la que  repetían postulados, me recordó a las oraciones de una misa.

Nos quieren controlar y debemos rebelarnos.
Los demás son ovejas,
ciegos que no quieren aceptar que
hay un Nuevo Orden Mundial siendo implantado. 
De nosotros depende el futuro de la humanidad.
Somos la última esperanza.

Cuando percibí que el Homo conspiranoicus líder estaba distraído, me infiltré en medio de las personas. Como un zoólogo estudiando el comportamiento de algunos animales, me quedé observando y escuchando. Nadie poseía un punto de vista diferente o era capaz de cuestionar sus creencias. Así, el mundo, sus vidas, se habían reducido a lo que veían en una pantalla. Los nefastos comunicadores se habían transformado en sus nuevos pastores. Noté, con una sonrisa sarcástica en el rostro, que todos se autodenominaban como libres y despiertos, pero era obvio que estaban adormecidos y vivían asustados.

Apreciarlos de esta forma, me recordó mis días en el colegio. Con leve frustración y asco, recordé a las monjas que me sermoneaban cada que podían, pero que siempre rehuían a mis preguntas. Detesté, desde el primer día de clases, su mirada miope sobre la realidad y como, para ellas, todo se reducía a una lucha entre el bien y el mal. Así, bastaba una equivocación, un solo pecado y eras el enemigo, la mala influencia. Cualquier cosa que hicieses mal te condenaría y te haría merecedor de brutales castigos que el Diablo se encargaría que recibieras. Nunca pude tragarme esa historia.

Recordando que era la oportunidad perfecta de dejarlo, volví al cuarto. Puse con cariño mis libros en la maleta, coloqué el anillo de bodas en la mesa de noche y vi, por última vez, nuestra habitación y la foto de nuestra boda en la pared. Sin que el Homo conspiranoicus líder lo percibiera, salí con mis pocas cosas en la mano. Mi taxi ya estaba esperando en la puerta.

Ya en el carro y más tranquila, pensé en la vez que intenté, de manera amable, entablar conversación con una de esas monjas. Con respeto me senté a su lado en la hora del recreo y comencé a hacer las preguntas que cualquiera se haría.

¿Cómo podemos tener certeza sobre la existencia de Dios?
¿Y la del infierno y del cielo?
¿Las otras religiones están equivocadas? 
¿Sus creyentes, a pesar de seguir al pie de la letra sus dogmas,
están condenados por no comulgar
con la religión que usted profesa?
¿Por qué la mujer debe someterse a los designios de Dios?

La monja, notablemente enojada e incómoda, solo se limitó a decirme: Fe. Esa era la única respuesta que recibí para cada una de mis preguntas.

Debes tener fe.
Te hace falta fe.
Las dudas desaparecen con la fe.
No condenes tu alma por cuestionar lo sagrado.
Ten fe en el Señor.

¡¿FE?! Desde ese momento supe que eso era lo que menos falta me hacía.

A lo lejos, el edificio en el que se encontraba la famosa antena 5G ardía en llamas y un grupo de Homo conspiranoicus se congregaban alrededor del caos, celebrando la rebelión de la irracionalidad.

Camila Loayza

Posee licenciatura en Letras Portugués - Español y sus respectivas literaturas por la Universidade Federal de Pelotas (2019). Actuó como investigadora becada en el proyecto "O Olhar de Medusa: fotografia e poesia brasileira moderna e contemporânea" (2017 - 2019). Ministró el curso Espanhol Básico I (2017) e IV (2019) promovido por la Câmara de Extensão do Centro de Letras e Comunicação da UFPel y fue ministrante del curso Competências Interculturais em Contexto Acadêmico de Língua Espanhola (2017 - 2018) en el programa Idiomas sem Fronteiras (IsF). Actualmente es alumna en régimen especial de la maestría en Letras en la línea de investigación Aquisição, variação e ensino.