El silencio de Dios / Aula Libre ORBIS-MLBA ©

Y cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como por media hora.

(Apocalipsis 8:1)

Hubiese querido empezar esta columna de manera diferente, pero es inevitable. Dos días −con sus noches− vive uno de mis vecinos en, imagino, una de sus decepciones más profundas desde que lo conozco. Con regional mexicano, ranchera, salsa rosa, son cubano e, incluso, rap y reggaetón, hasta llegar, por supuesto, al bolero y el vals; mi vecino ha resuelto quedarse en una de mis canciones favoritas de Olimpo Cárdenas: Fatalidad. En efecto, como en cualquier novela negra o thriller policial, mi vecino hace hoy de personaje de dos líneas y una única aparición donde, no obstante, su presencia me permite clarificar la idea primaria de este texto: Dios es mudo.

“Hay golpes en la vida, tan fuertes…” escribió César Vallejo una vez en el mejor de sus poemarios[1]: “¡yo, no sé! / como del odio de Dios; como si ante ello, la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… ¡Yo, no sé! / Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras / en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte…”. No podría asegurar que la repetición malsana de Fatalidad por casi dos horas −con todo y que es Olimpo Cárdenas quien canta− sea producto de una situación irreparable o de una desaparición repentina o de una mentira insalvable y, sin embargo, puedo asegurar que su pérdida o su congoja −por mayúscula o insignificante que pueda ser− sí o sí debe sentirse como del odio de Dios, como si ante semejante embate el golpe fuese de los más profundos en una situación que ni siquiera el más fiero o el lomo más fuerte pueden soportar.

Boitumelo Mogorosi y su abuela Emily Mogorosi
Thaba ‘Nchu, Sudáfrica, 2002
Fotografía de James Nachtwey
El silencio de Dios / Aula Libre ORBIS-MLBA ©

¿Exagero?

Cuenta una de las leyendas más apreciadas de la costa norte de mi país, que Juancho Polo Valencia tardó tres días en busca de dinero para los medicamentos que necesitaba su esposa y, como un Ulises de mala suerte, se vio retenido en su travesía por la inevitable fuerza de las parrandas y el ron hasta que, luego de sortear un pasmo alcohólico y el desamparo de no saber ni dónde se encontraba, consigue finalmente regresar a su pueblo para encontrarse apenas como una romería silenciosa que se dirige al cementerio porque −hace ya mucho tiempo− su amada, su Alicia Adorada[2], ha muerto. De esta forma, en un punto de dolor total en el que se encoje el corazón y se salen las lágrimas, Juancho Polo se arroja de su caballo y, desde el suelo y atenazado puñados de tierra árida, no puede más que apelar a lo único que le sale del alma entonando un canto −en realidad una queja− a uno que jamás responde, a uno que es infernalmente silencioso.

Como Dios en la tierra no tiene amigos 
como no tiene amigos que lo quieran, 
tanto le pido y le pido, ¡ay, hombe! 
y se llevó a mi compañera.
 (…) 
Como Dios en la tierra no tiene amigos 
como no tiene amigos anda en el aire, 
tanto le pido y le pido ¡ay, hombe! 
y siempre que manda mis males.

Alicia mi compañera que tristeza 
Alicia mi compañera que dolor, 
y solamente a Valencia, ¡ay, hombe! 
el guayabo le dejó.

Allá en Flores de María 
donde todo el mundo me quiere,
yo reparo a las mujeres, ¡ay, hombe!
y no veo a Alicia la mía.

Juancho Polo −ubicado sobre una pequeña loma y con una voz que le tiembla− se desborda −¡grita!− ante la primera interpretación de lo que luego sería su sentida canción Alicia adorada y, por sobre todo, el reclamo profundo al más indolente de los indolentes: Dios. Embarazada como aseguran ciertos registros de la época, Alicia no resiste el embate de una preeclamsia y Juancho Polo no tiene de otra que aullarle a Dios porque parece que él, nunca −ni por error− consideró proteger a la única razón de su vida. Ella, solitaria en una casa de Flores de María, muere bajo una hemorragia incontrolable sin que hubiese palabra alguna para evitar este desastre… Tanto le pido y le pido, ay, hombe, y se llevó a mi compañera… Una historia desgarradora que, aunque típicamente se cita para recordar la justa culpa de un borracho enfermizo que ha dejado a su mujer a la suerte de una enfermedad mientras él se ahoga en licor, es para mí –sin lugar a dudas− un episodio más del silencio de Dios, porque desbordado −hecho pedazos como solo podría sentirse cualquiera al ver a la persona más importante su vida entre un cajón− Juancho Polo se deshace en una canción que solo un Todopoderoso silencio responde.

Juancho Polo Valencia
Fuente de la fotografía: Enlace
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“Señor, no te estés callado / en silencio, inmóvil, Dios mío” dice el Salmo 83 de la biblia: “mira que tus enemigos se agitan, / y los que te odian levantan la cabeza; / traman planes contra tu pueblo, / se conjuran contra tus protegidos. Dicen: «Vamos a aniquilarlos como nación, / que el nombre de Israel no se pronuncie más»”. ¿Qué es este rezo si no una apelación a un Dios terriblemente mudo?, ¿qué es esto si no la más sentida representación del desespero ante la ausencia, la impavidez y −en plena sentencia− la inacción de un ser que, en esencia, con un solo chasquido de sus dedos podría hacer cualquier cosa? Dios no abre la boca; es un ser alejado del instante y la historia misma de su creación. Y, por supuesto, el Salmo 83 no es más que la demanda a un Dios al que se le exige ser activo: que se manifieste, que proteja o, por lo menos, que hable: que diga alguna cosa. Por lo cual… ¿Qué mejor manifestación de amor –celestial y honesto− que hablar, que destruir ese silencio del maldito averno?

Para Jean Paul Sartre[3] “Todo escrito posee un sentido aunque este sentido diste mucho del que el autor soñó dar a su trabajo”, en otras palabras, el escritor “está en el asunto, haga lo que haga, marcado, comprometido hasta su retiro más recóndito” y −aunque alguien quisiese− es imposible desligarse ya que todo lo que se escribe posee un sentido: todo dice algo. El árbol −como objeto universal− deja de serlo cuando yo o quien fuera decide nombrarlo, cuando yo o cualquier otro habla del árbol bajo lo que entiende de él en la línea de su percepción y de su conocimiento de ese árbol: mi árbol no es el mismo árbol de quien lee este texto o del que ya han escrito otros. En realidad, bien podría yo no querer escribir nada, bien podría yo escribir por desidia u obligación pero, al final, el producto resultante dirá siempre más de lo que yo hubiese querido. Vamos a una clase de secundaria: allí lo que se puede extraer de un grupo que entrega cualquier cosa o que cumple con los deberes en la medida justa de la exigencia, siempre es prueba suficiente para que el maestro o los evaluadores entiendan más de lo que el mero texto explica porque −la forma en la que se nombran las cosas− da a entender perfectamente una intención. Quien decidió sobrepasar las dos hojas mínimas para nombrar dicho árbol no dice –ni por asomo− lo mismo del que usó el mínimo requerido para hacer su composición, y ni hablar de aquel que creyó que haciendo plagio o copiando fragmentos de internet nunca nadie lo iba a descubrir.

Así, pues, aunque quisiéramos evadir el compromiso de decir algo −si quisiéramos escribir algo que en nada tenga que ver con la realidad− nuestra actitud y forma de hacer las cosas denotarán ineluctablemente una postura, por lo cual: ¿qué sucede entonces con el absoluto silencio, se puede extraer algún sentido de dicha postura?

Silence
Anastasiia Danilenko, 2018
El silencio de Dios / Aula Libre ORBIS-MLBA ©

Un adagio popular -y bastante maleable y acomodado de mi país- dice: el que calla otorga. De esta forma, ante las injusticias sociales, ante un estado benefactor de una única clase política, ante medidas económicas y sociales que lastiman a los más desfavorecidos entre tantos otros lugares comunes de América Latina, ¿qué rol cumple el silencio en la reproducción infinita de estás nocivas y malditas taras sociales que nos aquejan? Si la gente no se hubiese desbordado a las calles el 28 de abril de 2021, en Colombia, en contra de una reforma tributaria que recaería –únicamente- en la renta básica de la clase media y grabaría con impuestos productos y servicios básicos de consumo, haciéndolos, por ejemplo, inalcanzables para los más pobres, ¿no hubiese sido el silencio –la insensibilidad, la pasividad, la quietud- el respaldo a dicha medida? Sí, en verdad las palabras son actos y si el escribir -aunque alguien no lo desee- posee mucho sentido, es apenas natural que el “no decir nada” diga aún más. Aceptación, alcahuetería, resignación, miedo, pereza… ¿Cómo interpretar el mutismo de un Dios que, repito, según se sabe es capaz de cambiar las cosas con solo tronar los dedos?

Alerta de spoiler: el lunes 23 de septiembre –luego de semanas enteras de no saber nada de su novia- Martín Santomé solo puede escribir una única cosa en su diario: Dios mío… Repleto de ausencia y dolores, cansado de una vida cíclica y lacónica, a portas de una jubilación que sabrá, irremediablemente, a domingo para siempre; Martín Santomé descubre a una flor repleta de vida que lo reanima: Laura Avellaneda. En consecuencia, en su etapa más fuerte y romántica -poderosamente sincera y bella-, el alma gemela de este protagonista -ilusionado hasta los huesos- muere de una extraña tuberculosis en una manera groseramente repentina -de un día a otro- sin que él hubiese podido intentar nada: Dios mío. Destrozado, aniquilado -quemado no solo por fuera sino también por dentro- Santomé descubre que, aunque su sentimiento era irrazonablemente fuerte y desmesurado, éste solo le alcanzó en la vida para hacer de tregua en una existencia que, simplemente, tendrá que ser oscura y aburrida hasta su final: Dios ha hablado o, en plena honestidad, no lo ha hecho pero con su silencio, siempre, es más que suficiente[4].

¿Suficiente para qué?

Para que cometamos locuras, por ejemplo.

Los cuatro jinetes del Apocalipsis
Albrecht Dürer, 1497 -1498
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(…) “Dios mío, hazlos hojarasca, / vilanos frente al vendaval”, continúa el Salmo 83: Como fuego que prende en la maleza, / como incendio que abrasa los montes, / persíguelos así con tu tormenta, / atérralos con tu huracán. / Cúbreles el rostro de ignominia, / para que busquen tu nombre, Señor; / abrumados de vergüenza para siempre, / perezcan derrotados; / y reconozcan que tú solo, Señor, / eres excelso sobre toda la tierra.”

¿Qué fueron acaso Las cruzadas si no la malinterpretación –la locura- de un pueblo que, ante un Dios que no se manifiesta, decide leer y ver en la venganza –en la justicia en mano propia- la plena verdad? Si ante la opresión, el dolor o la destrucción Dios no dice nada, ante la violencia como medio para servir a la voluntad divina el Todopoderoso es aún más callado todavía: diabólicamente afónico, insisto. Señores feudales, reyes de Europa Occidental, gentes de Inglaterra hasta Sicilia, hordas a pedido del Papado y, en principio, del Imperio Romano Oriental; todos estos actantes –en silencio de Dios- no ven más que el necesario impulso de una guerra religiosa para recuperar la cristiandad de tierra Santa, bien que son las espadas -en formas de cruz- la sangre ajena y el fuego formas de la única palabra de Dios: el silencio.

En El séptimo sello del magnífico Ingmar Bergman, Antonius y Jöns (un caballero proveniente de las cruzadas y su escudero) entran en una iglesia donde un pintor se encuentra realizando un fresco en el cual puede verse una suerte de Dans macabre[5] que busca mostrar una alegoría de la muerte que, sin lugar a dudas, siempre los busca a todos aunque sean ricos o pobres, sean nobles o campesinos, sean labradores o guerreros. Con ello, mientras Jöns dialoga y observa al pintor, Antonius se aleja para confesarse produciendo, así, el diálogo más interesante de la película que expone el terror más grande del caballero: el silencio de Dios: “Quiero confesarme y no sé qué decir… mi corazón está vacío. El vacío es como un espejo puesto delante de mi rostro, y al contemplarme siento un desprecio profundo de mi ser, por mi indiferencia hacia los hombres y las cosas. Me he alejado de la sociedad en la que viví; ahora habito un mundo de fantasmas, prisionero de fantasías y ensueños”, dice Antonious y la muerte le responde, no con cierta saña e ironía: “y a pesar de todo, no quieres morir”, y, con fuerza, Antonius le sale al paso y dice: “¡sí quiero!”. “Entonces”, pregunta la muerte: “¿qué esperas?”. “Deseo”, dice Antonius: “saber qué hay después”. “Buscas garantías”, articula la muerte. “Llámalo como quieras”, interpela Antonious y apunta: “¿por qué la cruel imposibilidad de alcanzar a Dios con nuestros sentidos? ¿Por qué se nos esconde en una oscura nebulosa de promesas que no hemos oído y milagros que no hemos visto? Si desconfiamos una y otra vez de nosotros mismos, ¿cómo vamos a fiarnos de los creyentes? ¡Qué va a ser de nosotros los que queremos creer y no podemos! ¿Por qué no logro matar a Dios en mí? ¿Por qué sigue habitando en mi ser? ¿Por qué me acompaña humilde y sufrido a pesar de mis maldiciones que pretenden eliminarlo de mi corazón? ¿Por qué sigue siendo una realidad que se burla de mí y de la cual no me puedo liberar? ¿Me oyes?”. “Te oigo,” dice la muerte y Antonius articula: “yo quiero entender, no creer. No debemos afirmar lo que no se logra demostrar. Quiero que Dios me tienda su mano, vuelva su rostro hacia mí y me hable”. Y, no: “él no habla”, dice la muerte sin titubeos, y añado yo: en efecto, Dios no habla. Calla.

Escena de El séptimo sello
Fuente de la imagen: Enlace
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Este es el dolor que consume a Antonius: la imposibilidad de saber si existe Dios y, claramente, la angustia irremediable que causa el que nuestra existencia no tenga sentido y que, en consecuencia, la muerte nos lleve a la nada. Pero, al fin, ¿qué es acaso si no esta la búsqueda mayor de la humanidad desde que es humanidad?, ¿qué otro es el argumento de Cien años de soledad, de El maestro de Petesburgo, de Crimen y castigo o cualquier otra novela magistral si no la búsqueda o el entendimiento del silencio de Dios, de la respuesta a preguntas que Dios no formula, a preguntas que hacemos solo nosotros porque Dios nunca habla, ni hablará?

“Fatalidad signo cruel / que en mi rodar se llevó / el más valioso joyel / que tu querer me brindó…”[6]

¿Cómo llamar a la policía para que mi vecino baje el volumen de la música o pedirle que, simplemente, reproduzca otra canción de Olimpo Cárdenas? No, no podría. Ni por descarte… Él también está solo y, ante el silencio de Dios, cada uno se las arregla como puede.

Referencias

[1] Vallejo, C. (2010). Los heraldos Negros. Bogotá D.C. Ediciones Peisa S.A.C.

[2] Alusión a la canción Alicia Adora compuesta por Juan Manuel Polo Cervantes, mejor conocido como Juancho Polo Valencia: juglar y compositor vallenato.

[3] Sartre, J. P. (2008). ¿Qué es la literatura?. Buenos Aires. Losada.

[4] Comentario a la novela La tregua. Benedetti, M. (2013). Bogotá D.C. Debolsillo.

[5] Referencia a la composición clásica del francés Charles Camille Saint-Saëns y su Dans macabre.

[6] Fragmento de la canción Fatalidad compuesta por Laureano Martínez Smart.

Leandro Martínez Mora

Maestro de lenguas, español y literatura. Director de la Revista digital Oopart, colaborador del colectivo MalCitados y miembro de la Red Latinoamericana de Opinión Pública. Lector de novelas y, en especial, asiduo y aciago escribidor de ficciones.