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Desafíos intelectuales del siglo XXI[1]

Inicialmente, todos reconocemos la figura del intelectual asociada a la del filósofo, en el nacimiento de la democracia en Grecia, que coincide, y no por casualidad, con el nacimiento de la filosofía. Filosofía y democracia van de la mano, en un contexto que permite que una gestione la otra, que permite las condiciones de desarrollo de la otra. Ese vínculo no por casualidad es algo que se pone en riesgo cuando hay una desvalorización del procedimiento democrático, de la vida en democracia, momento, entonces, cuando el campo de las humanidades y la filosofía deben retomar con fuerza su papel clave, jugar un rol fundamental, como lo juega el campo educativo, que es por donde voy a comenzar mi abordaje.

Si el intelectual es definido como aquel capaz de reflexionar críticamente sobre los problemas de su tiempo y como el poseedor de un potencial de transformación de la sociedad en el marco histórico que le toca vivir, mi primer vínculo en cuanto a pensarme con esa capacidad de transformar en algo la realidad se ha dado en principio desde mi tarea como profesor.

El hecho de la formación docente, de poder formarme en el IPA, de la necesidad de «bajar a tierra» problemáticas filosóficas y establecer un diálogo con circunstancias habituales e inmediatas de la vida de nuestros adolescentes me llevó directamente a entrar en contacto con esa realidad de lo cotidiano. Luego llegó el paso de acercarme a los medios de comunicación, para poder charlar desde allí con mayores espacios de la sociedad. Desde ese lugar docente, de comunicador de ideas y de generador de debates, comencé a definirme en una tarea más propia de un intelectual. El primer cuestionamiento importante que al respecto sentí es el que refiere al papel que cumplía en relación a la reproducción o no de la desigualdad social.

Trabajando sobre todo en liceos considerados de contexto crítico, me encontré con que tenemos un gran problema en cuanto a la construcción del capital cultural de nuestros adolescentes. Estamos muy comprometidos como sociedad en ese sentido. Por ejemplo, en números muy recientes que indican que solo cuatro de cada diez jóvenes en edad de haber terminado el bachillerato lo están completando, por lo cual –y hablando de la importancia de la filosofía– la mayoría de nuestros jóvenes, de las nuevas generaciones, ni siquiera están accediendo a un primer curso de Filosofía en la educación media formal. O sea, tenemos un problema grave en la formación de ciudadanos críticos, que entiendo que es lo que la filosofía particularmente aporta.

Filosofía - Aula Libre
«Tenemos un problema grave en la formación de ciudadanos críticos»
Ilustración extraída de definición.de
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En tal sentido, vengo trabajando con algunos autores que señalan la necesidad de una educación pensada en el entorno de la formación del ciudadano reflexivo como tarea clave del intelectual, sobre todo en los espacios institucionales de educación.

Los docentes deben ubicarse como intelectuales formando ciudadanía crítica y los espacios escolares concebirse como ámbitos que permitan el mejor desarrollo de la tarea.

En este punto venimos fallando al posicionarnos en una perspectiva que tiene que ver con una educación pensada en términos del mercado laboral, desde la idea de que no todos pueden ser intelectuales o matricularse como universitarios, que era como antes se concebía a la educación secundaria, como una etapa formativa preuniversitaria. Justamente, la historia de la educación nos va mostrando que, por suerte, hemos tenido una inclusión educativa, aunque, a mi entender, no resuelta del mejor modo o todavía no resulta en términos cualitativos. Hemos tenido, al menos desde la década del 30 del siglo pasado, una masificación en el acceso a la educación que no hemos podido resolver adecuadamente.

Nuestras instituciones siguen estando concebidas de tal modo que terminan generando índices altos de repetición, de deserción, convirtiéndose en espacios expulsivos. Entonces, la idea de que la educación debe propiciar la movilidad social, contribuyendo a poder tener formas de equidad, y no a generar nuevos procesos de desigualdad social resulta que en la realidad no funciona.

Nuestras instituciones están excluyendo más que incluyendo. Los modos de supuestamente incluir pasan en muchas ocasiones por arrojar alumnos en el aula y que vean ahí los docentes cómo pueden revolverse, cumpliendo roles que no nos competen y que no se realizan del modo adecuado. Estas situaciones son las que debemos afrontar en lo inmediato al pensarnos en la perspectiva del profesor como intelectual, como un profesional capaz de transformar la realidad inmediata.

Así es que me he vinculado con la obra de Giroux, que justamente plantea la idea de que debemos trabajar en el campo educativo pensándonos como trabajadores culturales, remarcando que esencialmente nuestra tarea tiene que ver con la formación de ciudadanía. Justamente tenemos en estos momentos una discusión que se está dando en todas nuestras instituciones educativas que tiene que ver con una separación entre atender particularmente lo socio-emocional o trabajar específicamente con contenidos disciplinares. Cada vez se dan más espacios educativos donde lo que prima es la atención de situaciones vinculados con niveles económicos bajos y un alto déficit cultural, sumado a problemáticas emocionales, afectivas, que no son atendidas debidamente, trabajando en muchos casos sin equipos multidisciplinarios que puedan colaborar en paliar esta realidad que nos supera abiertamente. Esto implica que espacios en donde más se debería atender y fortalecer la matriz cultural finalmente no cumplen con la tarea que más le corresponde.

Por lo tanto, aquellas instituciones que atienden sobre todo el trabajo respecto de los contenidos disciplinares avanzan mucho más en su formación cultural. Se generan así formas de la desigualdad social que el mismo sistema educativo está procesando, donde se coloca al docente en un rol cada vez más alejado de su tarea intelectual y de transmisión de valores culturales, convirtiéndolo en una especie de «contenedor» emocional del alumnado, tarea que sobre todo le corresponde a otros actores educativos y sociales, a aquellos que deben garantizar las mejores condiciones posibles para que cuando el alumno ingrese al aula pueda dedicarse a trabajar fuertemente respecto de los contenidos disciplinares.

En lugares donde el registro lingüístico de nuestros alumnos es bajísimo, donde tenemos problemas para que puedan hallar núcleos argumentativos elementales en un texto –y esto me ha pasado incluso a nivel universitario, en mi experiencia como profesor de Argumentación– urge la necesidad de que el intelectual se involucre decididamente en la transformación de esa realidad emergente.

Necesitamos formar ciudadanos que puedan participar en la discusión pública. Si nos seguimos alejando cada vez más del fortalecimiento de la construcción cultural, en donde la educación juega un rol central, nuestros niveles de debates serán cada vez más bajos, con lo que nuestro nivel de maduración y calidad democrática irá disminuyendo.

En esa necesidad de inclusión crítica, de tener debates de calidad, de poder tener nuevas generaciones que piensen los problemas de su época, la filosofía juega un papel central. En una conferencia reciente, titulada «¿Para qué aún la Filosofía?»,el filósofo español Fernando Savater señala que «el momento trágico de la Filosofía es cuando el filósofo encuentra a alguien que no quiere discutir». Esa cuestión es parte de los riesgos que estamos corriendo. Profundizando en este punto, pensando sobre cuál es el rol del intelectual en el siglo xxi, diría que los problemas son los mismos que se ubicaban en el nacimiento de la democracia ateniense, con el matiz de que nosotros cada vez nos vamos acercando a una democracia que se organiza en relación a lo digital, en espacios de redes sociales, en territorios virtuales que han pasado a convertirse en espacios de las posibles discusiones. Este es un fenómeno nuevo que define nuestra época, que define peculiarmente nuestros modos de discutir.

Todos hemos visto lo que sucedió en las últimas elecciones en Brasil, el peso que tuvieron las redes sociales, sustituyendo antiguas prácticas del debate cara a cara. Tenemos, entonces, nuevos espacios de democracia participativa, pero también tenemos ciertos riesgos que se están corriendo, y ahí la tarea del intelectual, la tarea del educador, el papel de la filosofía y de las humanidades resulta vital para procesar debates de calidad argumentativa que redunden en un aporte cualitativo a nuestras democracias.

Parte del rol del intelectual es trabajar desde el espacio educativo para poder surtir a la sociedad de individuos pensantes, con capacidad de discutir con sutileza, con una buena base argumentativa, y para esto hay que trabajar fuertemente con el ámbito digital, ese ágora del siglo xxi, donde se están dando algunas situaciones no muy saludables para la democracia. Por ejemplo, me pregunto si las redes sociales –que utilizo mucho, por cierto, y que bien encauzadas son una herramienta fantástica– están habilitando o no un sano ejercicio de democracia directa.

Poco antes de morir, en una de sus últimas entrevistas, Umberto Eco[2] definió a las redes sociales como «un espacio para tontos», señalando que habían permitido «la invasión de los necios» y agregando que «si la televisión había promovido al tonto del pueblo ante el cual el espectador se sentía superior, el drama de internet es que ha promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad». Creo que todos tenemos experiencias en nuestros muros de las redes sociales en donde nos encontramos con este «portador de la verdad», que ni siquiera es, como decía Savater, aquel que no quiere discutir, si no que «discute» desde un lugar cuasi evangelizador, en donde hay un simulacro de discusión, porque ciertamente no hay intención de debatir, sino de llevar su «verdad» a otros.

El politólogo británico Bernard Crick[3] publicó En defensa de la política en el año 1962 donde argumentaba que «el arte del debate político lejos de ser mezquino deja que personas de distintas creencias convivan en una sociedad pacífica y en progreso», añadiendo que «no obstante, sin información decente, civilidad y conciliación, las sociedades resuelven sus diferencias recurriendo a la coerción». Nosotros, en nuestra tarea intelectual, desde diferentes instancias, deberíamos promover el adecuado arte del debate político. En tal sentido, y relacionado con lo que veníamos hablando, una de las primeras preguntas que debemos hacernos es respecto de quiénes y cómo manejan las redes sociales. Por ejemplo, sabemos que cuando utilizamos Facebook se recolectan todos los datos que nosotros colocamos ahí y que hay algoritmos que en buena parte desconocemos cómo es que funcionan, pero que captan nuestra mirada, que revisan nuestros «me gusta», la cantidad de clics que hacemos por acá o por allá, a quiénes les compartimos, etcétera.

Sociedad de los likes - Aula Libre
«Desearía tener más likes»
Ilustración del artista Steffen Kraft – ICONEO
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Todos tenemos la experiencia de publicidades que se nos aparece en nuestros dispositivos y que están relacionadas con búsquedas que hemos realizado en los navegadores, que nos dejan en claro que hay un manejo de los datos, en donde el conocimiento de ese manejo no es simplemente un tema económico, sino que hay cuestiones más complicadas: cuando nosotros le damos «me gusta» a una publicación política y cuando compartimos determinada opinión o acercamiento a un partido político, lo que nos va a devolver Facebook es que cuando ingresemos a su red nos va a mostrar publicaciones pagas y personas con las que tenemos mayor afinidad e interacción a partir de ese algoritmo que evalúa nuestras «opiniones» y «preferencias». O sea, comienza a darse una práctica de pensamiento sesgado inducido por las redes sociales.

Si nos está costando debatir, pensemos qué pasa cuando además nos ubicamos en la comodidad de siempre visualizar aquello que, de algún modo, se acerca a nuestro «bando», a la par que fortalece la perspectiva del «enemigo», del «otro». Uno termina alimentando únicamente la empatía con quienes están adentro del filtro burbuja en el que las redes sociales nos están arrojando.

Este es uno de los grandes desafíos que tenemos en el comienzo del siglo xxi, el afrontar estos fenómenos de aislamiento grupal que tenemos en la utilización de internet, el problema del filtro burbuja en donde los individuos básicamente reciben el tipo de información que ellos mismos ha seleccionado previamente.

En un artículo publicado en El País de España titulado «Por qué las redes sociales podrían estar dañando la democracia»,[4] se señala que:

Facebook no revela sus algoritmos. Sin embargo, los estudios que ha llevado adelante Michal Kosinski,[5] psicólogo y experto en datos que trabaja en la Universidad de Stanford, han demostrado que el análisis automatizado de los «me gusta» que las personas emiten en Facebook era capaz de determinar la información demográfica y las creencias políticas básicas de esas personas. Dicha segmentación puede ser también, en apariencia, extremadamente precisa. Hay indicios, por ejemplo, de que los anuncios contra Hilary Clinton[6] emitidos desde Rusia consiguieron llegar específicamente a votantes individualizados de Míchigan.

Como ustedes saben, hay toda una discusión sobre la injerencia de Rusia en las elecciones de Estados Unidos. O sea que acá ya no hay un problema de publicidad de colchones que se nos pueda aparecer mágicamente en la red, sino que tenemos un problema que atenta directamente a la calidad democrática.

Esta cuestión de tener, de algún modo, intermediarios de los intereses generales, que son intermediarios básicamente con intereses económicos (Facebook, al igual que otras redes sociales, se sustenta por venta de publicidad), cuya tendencia es la de entregar compulsivamente material que tiende a reforzar los sesgos de las personas, es un riesgo importante a nivel democrático.

Por ejemplo, comenzaron a generarse las llamadas noticias falsas o fake news –que recientemente en nuestro país comenzamos a discutir y que ya son parte de las instancias electorales–, que apuntan a fortalecer la mentira en desmedro de un sector o candidato político para poder sacar tajada de esa situación. Lo cierto es que muchos están dispuestos a recibir una información que fortalece su sesgo ideológico sin siquiera chequearla. Este es otro riesgo del uso indebido de las redes.

Quizás en otras generaciones tendíamos a acercarnos a determinados periódicos o publicaciones que por su característica y trayectoria nos merecían cierta confiabilidad, algo que hoy en día no suele darse habitualmente: la mayor cantidad de información que recibimos nos llega por publicaciones en redes sociales o directamente por redes de mensajería como WhatsApp y no suele chequearse. Este es un problema que también lo vivo a nivel educativo, en mis clases, donde los estudiantes en muchas ocasiones ni siquiera filtran mínimamente la información que les llega.

Entonces, aunque estamos muy sobre el punto, creo que estos años podrían denominarse como los de «la era del filtro de la información». Insisto, este es uno de nuestros principales desafíos que tenemos en el arranque del siglo como intelectuales, como docentes, como comunicadores, como padres: el ver cómo nos movemos respecto de este asunto, en el marco de una sociedad del conocimiento donde quien posee, maneja y filtra el conocimiento es quien posee el poder.

El ya citado artículo de El País de España remata señalando que:

Todo esto se combina para significar que el mundo de las redes sociales tiende a crear grupos pequeños y profundamente polarizados que tenderán a creer todo lo que oigan, por muy alejado que esté de la realidad. El filtro burbuja sin duda nos hará vulnerables a las falsas noticias polarizadas y nos aislará más.

Ciertamente, por el modo en que se reúnen nuestros datos, estamos cada vez más expuestos a la manipulación y la desinformación. Ya estamos viendo cómo inciden las noticias falsas en los procesos electorales. Las futuras contiendas electorales van a ser definidas en buena parte por estrategias de empresas de comunicación que probablemente manejen de forma inescrupulosa la información a circular. Ahí es donde nosotros tenemos que posicionarnos fuertemente.

En Brasil, fue clave la utilización de WhatsApp en la campaña de Bolsonaro.[7] La inversión realizada por quien finalmente resultó electo como presidente pasó en buena parte por la emisión de mensajes personalizados en las redes sociales, muchos de ellos fuertemente cuestionados en la veracidad de la información que transmitían.

Por supuesto, las redes son simplemente un medio desde el que podemos potenciar la estupidez y la manipulación tanto como el debate vital. Sabemos que muchos de los movimientos sociales y políticos que están generando cambios democráticos positivos a lo largo y ancho del mundo parten de la utilización de redes sociales y que son espacios que nos permiten encontrarnos con el otro y discutir. El asunto es que, si ese encontrarnos con el otro está cargado de prácticas argumentativas de falsas oposiciones, de argumentos ad hominem, de un mundo que se polariza desde el negro o blanco, sin manejo alguno de matices, en donde el otro es el enemigo, en una lógica del bueno y el malo, termina atentando contra nuestra calidad democrática.

La tarea del intelectual en el siglo xxi pasa en buena medida por el contribuir en enriquecer el diálogo de ideas en nuestra sociedad, por colaborar activamente en la construcción de una democracia fundada en el debate y la ética argumentativa. Un desafío de siempre, con las particulares características de una época de comunicación masiva, global, digital, donde hemos caído fácilmente en prácticas donde la adjetivación aparece como sustituto del argumento. En revertir este panorama nos jugamos buena parte de nuestro futuro.

Vale decir que quien se propone desde un lugar en el que su tarea tiene que ver con la discusión de ideas, asume una forma de riesgo y de valentía que muchas veces pasa por no caer en la comodidad de la corrección política ni en la comodidad del acercamiento a espacios de poder que de alguna manera puedan corregir su decir. No pienso en algo trágico como lo que le sucedió a Sócrates, sino, por ejemplo, en la reciente renuncia en el ámbito educativo del director de INEEd, el Instituto Nacional de Evaluación Educativa, por el señalamiento de problemáticas que tienen que ver con la realidad educativa de nuestro país que derivaron en presiones políticas ejercidas sobre su persona. Ciertamente, una de las tareas fundamentales del intelectual es mantenerse siempre en un lugar de independencia, de autonomía, respecto de las necesidades políticas del partido que ejerce el gobierno.

El intelectual tiene un rol de resistencia y es muy difícil pensarlo en tareas políticas que requieran figuras como las de la «disciplina partidaria». Es muy difícil pensar en alguien que quiere debatir desde una perspectiva de búsqueda del bien común y deba modificar su posicionamiento sobre lo justo por mandato de un sector o compromiso político partidario. La buena vida en común, el mejorar como sociedad es un horizonte difícil de alcanzar, pero es la tarea, el desafío que tiene por delante el intelectual, un rol que siempre es de exposición y que fundamentalmente es ético.

Punto Aparte 1 - Aula Libre
Ilustración realizada por Guizada Durán
Archivo
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El rol de la Filosofía en tiempos digitales[8]

No es que en mi planteo implique un marcado pesimismo sobre los tiempos digitales, pero sí hay una mirada que aterriza en puntos críticos del uso de las nuevas tecnologías, partiendo de la experiencia de ya dos décadas de trabajo en el ciclo básico como profesor de Informática, que se suma a la de docente de Filosofía en el bachillerato, disciplinas que justamente tienen que ver con el tema que nos convoca.

Comencé a trabajar en educación en momentos de una fuerte eclosión en el campo de las nuevas tecnologías. En estos años, en el trabajo directo con los alumnos, si bien hay aspectos que han modificado nuestra forma de conocer y que son un aporte valioso de las nuevas tecnologías a la hora a la hora de construir conocimiento, debo decir que no todo son bondades. Hay un signo de interrogante, sobre todo en relación a la capacidad reflexiva que se desprende del uso que le están dando las nuevas generaciones.

En estos años, el gran problema que estamos teniendo –y que no necesariamente se asocia con estos tiempos digitales, aunque hay elementos a tener en cuenta– es el de cómo estamos construyendo el capital cultural de nuestros adolescentes. Hay un déficit de ese capital y esta situación se ha convertido en el talón de Aquiles de nuestro sistema educativo. Por más que cambiemos de planes, de programas y reformulemos, o pensemos en fortalecer sistemas politécnicos como el de la UTU, lo que realmente sucede es que se dan los mismos índices de repetición y deserción, más allá del subsistema y su enfoque, lo que indica que el tema no se soluciona migrando alumnos desde educación secundaria –y su histórica formación preuniversitaria– a una formación técnica orientada al terreno laboral. El problema es más de fondo.

Recientemente, el INEEd[9] ha dado a conocer números que posicionan a Uruguay en una situación bastante incómoda, en tanto solo cuatro de cada diez jóvenes en edad de haber terminado el bachillerato efectivamente lo están haciendo, lo que nos coloca en el penúltimo lugar en Latinoamérica en este punto. O sea, y yendo a una de mis disciplinas, significa que la mayoría de nuestros jóvenes no están accediendo directamente a un primer curso de Filosofía en el ámbito de la educación formal. En mi caso, que vengo trabajando en liceos con alumnado considerado de contexto crítico, tengo muy presente que difícilmente los chicos que tengo en el ciclo básico lleguen al liceo de bachillerato de la zona.

¿Cuáles son las virtudes de tener ese contacto con la filosofía? Uno se posiciona desde el campo docente con pretensiones de transformación crítica de la realidad, como un intelectual, como un trabajador cultural que busca formar ciudadanía reflexiva. Si bien las diversas disciplinas que conforman nuestro currículo nos permiten, por supuesto, desarrollar la reflexión crítica y la capacidad argumentativa, específicamente esa es la tarea de la filosofía.

Por lo tanto, hay una pérdida a posterior de la calidad del debate argumentativo en nuestra democracia cuando muchos de nuestros jóvenes no están accediendo a los cursos de Filosofía del bachillerato. Hay una disminución importante del registro lingüístico de nuestros alumnos, que es bastante bajo. Todos estamos al tanto del vínculo entre pensamiento y lenguaje. Aquella teoría de Basil Bernstein sobre los códigos restringidos, sobre la posibilidad de la adaptación a las diversas situaciones comunicativas que se van presentando, se aplica para señalar que nuestras nuevas generaciones tienen un código lingüístico restringido: ha ido cayendo la cantidad de palabras que utilizan, la cantidad de vínculos significativos que hacen a su vez entre esas palabras. Todo esto supone un problema y un desafío complejo. Incluso ha sido una situación que también he experimentado en el ámbito universitario, en mi experiencia como docente de Argumentación, donde a muchos de mis alumnos les costaba encontrar los núcleos argumentativos de un texto básico.

La pregunta sería ahora si hay alguna relación entre esto que comencé señalando y la era digital. Creo que efectivamente hay algunas características que establecen una relación. Veamos algunas a tener en cuenta.

Por ejemplo, la escritura breve y recortada, que es algo que está muy presente y que se vincula también con modalidades de la escritura en el territorio digital, donde algunas redes sociales nos empujan a esta cuestión, limitando la cantidad de caracteres que podemos utilizar a la hora de comunicarnos; a la vez que el uso «práctico» de aplicaciones de móviles hacen poco amigable a la escritura que no sea acotada.

Otro punto es el de la poca concentración del alumnado, la lógica tecnológica del desplazarse hacia un lado y otro, sin permanecer ni concentrarse mucho en ninguno. Lo cierto es que a los alumnos les cuesta mucho concentrarse en un texto, y es muy difícil que terminen de leer un texto de cierta extensión. Me pasó hace poco con un grupo de sexto año de liceo, o sea, alumnos a punto de eventualmente pasar a ser alumnos universitarios, cuando frente a un primer repartido del curso, consistente en unas cinco carillas y con algún dibujo incorporado, algunos me preguntaron muy seriamente si abarcaba todo el año. El poco alcance de la lectura y la escasa capacidad de concentración son problemas importantes.

Se están dando usualmente diagnósticos de trastornos de déficit atencional que a mi entender –sin ser, por supuesto, un experto clínico en el tema– están inflados en cuanto a la cantidad real. Resulta que muchos de nuestros alumnos están acostumbrados a la pantalla, al aprender, en cierto grado considerable, por imágenes y sonidos (y por menos texto) y nos cuesta en el sistema educativo adaptarnos a las nuevas formas cognitivas de aprender que tienen los estudiantes. Esta es una cuestión a tener en cuenta. Cuando nosotros aparecemos con la fibra y trabajamos en la pizarra tradicional y les hablamos dos horas corridas de Aristóteles, nos ven como algo obsoleto y no coincidimos con la dinámica digital a la que ellos están acostumbrados. Pese a esto, entiendo que tampoco la solución pasa por tener que correr atrás de esa dinámica digital, sino que hay que buscar puntos de encuentros. O sea, no tienen que ser las instituciones las que tengan que adaptarse sí o sí a una cuestión de lo rápido y lo efímero, que es lo que muchas veces trae consigo lo digital, porque, justamente, los procesos educativos son a largo plazo, no son inmediatos, y nosotros ejercemos, desde ese lugar, una cierta tarea de resistencia. Hay que tomar ese desafío como tal, sin sentirnos menoscabados por ese señalamiento de que estamos «obsoletos» y que estamos obligados a adaptarnos. Debemos plantarnos desde un lugar en que oficiamos como una alternativa. Es una tarea de largo aliento, por supuesto, pero es la tarea que tenemos por delante en esta era digital: una resistencia desde el campo más clásico de las humanidades.

Otro problema también importante, y que podemos relacionar con el uso que se le está dando a las nuevas tecnologías, es el de la imposibilidad de buscar significativamente, de otorgar sentido a la hora de bucear en las redes. Cuando trabajas con los estudiantes en búsquedas de referencias a temas o autores utilizando los navegadores webs, ves claramente este problema. Poder escarbar entre los millones de referencias que pueden aparecerte al buscar información sobre Aristóteles, por ejemplo, para saber encontrar información de calidad es todo un problema.

La sobresaturación informativa que tenemos, que es otro de los rasgos de nuestra era digital, llega ya a un punto de cuasi intoxicación informativa. Si bien estamos en un momento de la humanidad en que como nunca podemos acceder a la información, sigue siendo clave el mediador adulto, el mediador docente, el mediador preparado en esa capacidad de poder discriminar adecuadamente en ese mar de información en el cual navegan nuestros jóvenes.

La utilización indiscriminada del «recorte y pegue» al que recurren nuestros alumnos es sintomático de este punto. Las nuevas tecnologías informativas nos aportan muchas cosas que ya están digeridas y los alumnos no están acostumbrados a la tarea de reflexionar sobre esa información por sí mismos, asumiendo sin más el contenido de aquel producto que ya está concluido y validado por simplemente estar en la red. Así, no se ven los procesos y se prioriza lo digerido. Esto, vale decir, me ha pasado también con alumnos de los cursos universitarios, o sea, es un problema que va más allá del ámbito de la educación media. Al respecto, la Filosofía, las humanidades, tienen un rol fundamental en esa tarea de formar en la búsqueda inteligente, en el saber discriminar para otorgar sentido y una navegabilidad adecuada en ese mundo de las nuevas tecnologías de la información.

Después tenemos otro asunto que también entiendo que es clave, y sobre el que la Filosofía también puede aportar, que es el de la cultura del aburrimiento, la idea de que hay que estar siempre haciendo algo divertido, la idea de que hay que ocupar de algún modo «ameno» los espacios de soledad (que es donde básicamente podemos encontrarnos a nosotros mismos).

El tiempo del ocio creativo, que es tan necesario para el desarrollo de la cultura, el ocio «noble» que es el basamento de nuestra civilización, es bombardeado por una sociedad que nos empuja a que no estemos «aburridos», a que utilicemos permanentemente los aparatos digitales como un modo de estar haciendo algo, terminando en una dependencia por estar permanentemente conectados a la red. Esto nos quita la posibilidad de estar absolutamente a solas, de encontrarnos con nosotros mismos para reflexionar sin «ruidos» y con mayor profundidad sobre nuestra vida y la de los otros, sobre los problemas de la comunidad en la cual uno vive.

Es necesaria la soledad de lecturas de un tiempo que es sin tiempo, sin apuros, al margen de la vorágine de un tiempo que nos exige permanentemente estar divertidos y que, a su vez, nos conduce a esa sensación de culpa por no estar haciendo algo «productivo», en el sentido de ese producir que instala el mercado de la lógica laboral y las nuevas tecnologías asociadas al rendimiento. Esa idea de que permanentemente tenemos que estar haciendo algo o produciendo algo es otro rasgo de los tiempos digitales. Así nos vamos alejando cada vez más de esos momentos en donde el sujeto se encuentra consigo mismo.

Este punto se traslada, a su vez, como parte de las exigencias que se les realizan a los docentes. Parece que tenemos que ser divertidos. A uno le cuesta verse en esa tarea educadora en la cual es concebido como si fuese un animador de fiestas sociales. No somos un clown, ni vamos a tirar bolas para arriba para que los alumnos nos atiendan. Una cosa es partir de los intereses de los jóvenes, que me parece que es algo pertinente, y otra cuestión es pensar que lo que uno hace tiene que entretener al otro todo el tiempo. En la educación no todo es diversión para el momento y los procesos son a largo plazo. Como alumnos, muchas veces hay cosas que no nos van a gustar y nos van a aburrir y le vamos a encontrar el sentido más adelante en nuestra vida. Es importante recalcar esto pues, para los nativos digitales, los procesos suelen ser apreciados solamente en el efecto inmediato. Esa concepción de lo educativo nos complica.

Al respecto, les cuento una anécdota personal: uno de mis hijos se ha fanatizado con el ajedrez, lo que me alegra mucho, por cierto, pero el otro día veía que jugaba partidas en línea que son de un minuto. Cuando hace muchos años atrás jugaba al ajedrez, el tiempo de pensar una jugada, un movimiento, era un tiempo mediado, pero bastante más extenso y sin ese límite tan inmediato para culminar el juego. La cultura de la comida rápida ha colonizado hasta el ajedrez.

Se impone, entonces, casi un tiempo de no reflexión, en donde se privilegia la rapidez sin ton ni son por sobre el movimiento meditado del sujeto.

Nuestros avances tecnológicos nos están llevando a esta dinámica desenfrenada y es en este marco que podemos visualizar a la filosofía aportando desde una inclusión crítica de las nuevas generaciones en estos tiempos digitales. La necesaria lentitud de la reflexión profunda oficia como antídoto.

Nuestra democracia se organiza en espacios que son mediatizados por lo digital, en espacios donde las redes sociales y lo virtual están jugando un papel central, por lo que es fundamental pensar cómo incluimos críticamente a nuestros alumnos, a las nuevas generaciones, en este nuevo mundo.

Se están generando novedosos modos de democracia participativa que tienen que ver con el ágora del siglo xxi que es el ámbito digital. Fenómenos como el de las noticias falsas y el filtro burbuja que generan las redes sociales requieren nuestra mayor atención. Enfrentarnos críticamente a esa promoción de la mentira y el pensamiento sesgado es otro rol que le compete a la filosofía. Evitar esa manipulación a la que nos exponen los tiempos digitales forma parte del trabajo más urgente que las humanidades tienen por delante.

En un momento donde las discusiones tienen una cierta carencia de calidad, potenciada muchas veces por las redes sociales (y que está relacionado, por cierto, con ese no estar acostumbrado a discutir y rebatir la información que se nos hace llegar), el filtro de la información al que nos someten desde las empresas de comunicación digital termina agudizando el problema.

Las redes sociales son lugares donde podemos potenciar, como decía Eco, la estupidez o la manipulación, o pueden ser territorios que fomenten el debate de calidad, con el correspondiente efecto de mejora en calidad democrática. Es ahí donde la incidencia de la filosofía, la incidencia de los educadores, es decisiva para inclinar la balanza hacia un lado u otro.

El rol de la filosofía es clave para enriquecer el diálogo, para fomentar el debate inteligente en nuestra era digital. Desde ahí bien vale vernos en un rol que es constructivo y que es, a la vez, de resistencia crítica, como lo ha sido desde siempre.

La inutilidad de la Filosofía[10]

Reflexionando sobre lo que viene sucediendo en Brasil, sobre el ataque que el gobierno de Bolsonaro viene realizando respecto de la filosofía y el campo de las humanidades en general, vale decir que refleja aspectos que están en boga en determinados discursos, los que remiten no solo a la «peligrosidad ideológica» de la filosofía sino a su inutilidad, situación que incluso vivenciamos a veces los profesores en nuestras aulas. Al respecto, recuerdo claramente que, en uno de mis primeros cursos como docente en el bachillerato, un alumno de unos 16 años, luego de haberme presentado en la que era nuestra clase inicial, me lanzó la fatídica pregunta de ¿para qué sirve la filosofía? Parece ser que hay un a priori instalado sobre cierta inutilidad de nuestra disciplina, algo que flota en el ambiente y que ese alumno explicitó desde una pregunta que, por su tono, ya traía incluida una tajante respuesta por la negativa.

No recuerdo literalmente la respuesta ensayada, pero me referí básicamente a la utilidad de pensar y pensarnos, al doble movimiento de la filosofía: la capacidad de pensar y conocernos a nosotros mismos y la capacidad de pensar al otro y a la comunidad en la que estamos insertos y convivimos. Lo cierto es que no quedé muy conforme con mi respuesta y me fui pensando en la pregunta del alumno, lo que terminó llevándome a preguntarme respecto del porqué me había dedicado a la filosofía. Ciertamente, el alumno había calado hondo con su pregunta.

¿Qué fue lo que me había llevado a dedicarme a la filosofía? Esta pregunta me retrotrajo al tiempo en el que estaba terminado de cursar el liceo. En mis últimos dos años de secundaria, ya tenía una tendencia hacia las disciplinas humanísticas y recuerdo que, en el último curso, en el de sexto año, en la primera clase nos toca justamente Filosofía. El profesor ingresa, saluda con un ademán y sin mediar palabra se dirige al pizarrón donde comienza a escribir respecto de qué era la filosofía, en una especie de definición que comenzó a extenderse por el pizarrón y que, llegado a su extremo, la prosigue escribiendo por la pared. Y entre que uno tenía la sensación de que los de Filosofía estaban un poco fuera de órbita y este accionar de continuar escribiendo por la pared, no costó nada llegar a la conclusión de que efectivamente algo fallaba allí, sobre todo cuando la definición volvió al pizarrón para continuar siendo escrita en forma vertical y descendente por el borde. Resultaba un panorama un poco incómodo y el curso parecía ser complicado de arranque, por decirlo de algún modo. Al menos, parecía que iba a ser difícil sacar aunque fuera un apunte, visto la metodología de escritura con que iniciaba la cosa.

Lo cierto es que el asunto continuó con unas explicaciones de parte del profesor respecto de las definiciones planteadas, frente a un público en silencio y perplejo, situación que se profundizó cuando se dirigió a una tarima de dibujo que reposaba cerca de la puerta del salón, donde colocó en su cima un borrador, para decirnos que era lo que le representaba (el borrador en lo alto, el docente como el poseedor del conocimiento que se ubica en la cúspide) y que nosotros con sus preguntas teníamos que cuestionarlo, que sacudirlo. Así fue que comenzó precisamente a sacudir la tarima, al punto que el borrador salió disparado, dando contra un costado de la puerta. Ahí ya varios quedamos agarrotados a la silla. El profesor, que era muy actoral como ya se habrán dado cuenta, nos dijo en ese momento de máxima tensión que la filosofía tenía que ver también con romper con lo cotidiano, con el acostumbramiento, con sacarnos de aquello a lo que estamos habituados (y que evidentemente él había logrado hacer con nosotros, quienes básicamente recibíamos a un profe, sacábamos con pereza el cuaderno y comenzábamos a sacar apuntes de lo que iba diciendo y nos dedicábamos a copiar del pizarrón sin demasiado entusiasmo).

El profesor había generado realmente una tensión que ningún otro docente había logrado. Había capturado totalmente nuestra atención y nos había colocado en ese lugar de la extrañeza, de la admiración y el asombro, que justamente tiene que ver con el filosofar, con ese lugar donde la filosofía comienza a resulta fundamental en tanto actitud inicial frente al mundo que nos rodea. No en vano, tanto Platón como Aristóteles nos señalan en sus textos que uno de los orígenes de la filosofía es la capacidad de asombro del sujeto, lo que le permite salir de la mirada rutinaria y carente de cuestionamiento sobre lo que le sucede y lo que acontece en la sociedad donde convive.

El profesor no estaba «loco», claro, y ciertamente trabajó fuertemente sobre contenidos habituales de la disciplina, más allá de sus ocasionales actitudes provocadoramente teatrales, y su curso fue muy disfrutable. Sobre todo, me sentí muy reflejado en esa necesidad de hacer con los otros, de provocar en otros, aquello que este docente había generado en mí. Replicar el sacudón, digamos. Así fue que me decanté por la docencia y en particular por la Filosofía (aunque en 20 años de dar clases jamás he escrito por las paredes ni arrojado borradores, a falta de ese talento performático que tenía el profesor Walter Lépore).

Filosofía Mafalda - Aula Libre
¿Qué es la filosofía?
Viñeta de Quino
El papel de la filosofía y las humanidades / Aula Libre ORBIS-MLBA ©

Recordando todo esto, para la siguiente clase decidí que iba a contarle esta anécdota al alumno de la «fatídica» pregunta y a desarrollar algunos puntos que entendía complementarían la idea de la «utilidad» de la filosofía. Llegando al liceo sucede otra cuestión muy particular –que completa el cúmulo de anécdotas que en principio podrían resultar poco trascendentes pero que dan cuenta de situaciones significativamente interesantes que se fueron hilvanando entre los recuerdos y el presente–: al estar por ingresar vi que un alumno eludió sin prestar la más mínima atención a una persona en situación de calle que dormía atravesada en la vereda, a una media cuadra del ingreso a la institución. Lo sucedido me sirvió como insumo, pues al comentárselo a mis alumnos, pude referirme desde un ejemplo claro y cotidiano a la capacidad de asombro y su relación con la utilidad de la filosofía.

Cuando el adolescente, concentrado en su celular, había eludido con total indiferencia a aquel hombre, no hacía más que reducir a parte del paisaje habitual, al decorado de la ciudad a esa persona y su situación. No lo había conmovido. El preguntarnos respecto de por qué una persona está durmiendo en la calle, por qué en una sociedad tenemos individuos que no tienen un hogar, el plantearnos la duda sobre cuál es la situación de vida que puede llevar a alguien a dormir en la calle supone poner en juego la conmoción y capacidad de asombro que dispara el filosofar. Lo contrario es el mantenernos adormecidos por la indiferencia y el no cuestionamiento de lo dado. La filosofía, pues, resulta particularmente «útil» en el combate a la indiferencia y en la tarea de reflexionar sobre lo que damos por sentado.

La capacidad de asombro nos conduce a la pregunta, a la interrogante, al porqué, a la vital pregunta por el sentido. Desde la pregunta nos dirigimos a la indagación y a un intento de resolución del dilema planteado, que puede pasar por terminar debatiendo del asunto en una charla de amigos o en que alguien se dedique a profundizar y estudiar sobre la justicia distributiva (pensando en el caso del hombre que dormía en la calle).

Fuera de los ámbitos de teorización académica, en lo corto e inmediato, podemos ver reflejado, como decía recién, en una charla con amigos el resultado de lo provechoso de poner en juego esa capacidad de asombro, ese puntapié inicial hacia el filosofar. La filosofía nos aporta en la reflexión sobre lo cotidiano, sobre la empatía (esa capacidad de poner en juego la necesaria sensibilidad para saber colocarnos en el lugar del otro), sobre las circunstancias de reflexión ética que se asoman en el diario vivir. Esto fue sobre lo que charlamos finalmente en aquella segunda clase con mis alumnos.

La filosofía, decía, nos empuja a combatir la indiferencia. A combatir –porque nos empuja a pensar– la pereza intelectual, que es un mal que también tenemos instalado. Fomenta –porque tenemos que dar cuenta de nuestros puntos de vista– el desarrollo de la capacidad de argumentar. La filosofía tiene entre sus virtudes, entre estas «inutilidades», la capacidad de ensanchar y arrojar luz sobre los procesos argumentativos. Esto ya supone un valor de primera necesidad. Lo digo con conocimiento de causa, en virtud de mi experiencia docente de estos últimos años, donde es notoria la existencia entre nuestros alumnos de un código lingüístico muy restringido, con lo que tal cuestión supone en relación al vínculo indisoluble entre lenguaje y pensamiento. Lo vemos en las aulas, donde los estudiantes cada vez utilizan –sea en la oralidad o en la escritura– una menor cantidad (y calidad) de palabras. Hay un notorio empobrecimiento en ese sentido. El lenguaje da cuenta de cómo pensamos. Y viceversa. Un círculo que puede ser tan virtuoso como vicioso, claro.

Lo cierto es que estas restricciones observadas tienen efectos importantes, incluso si pensamos en la educación como un medio de construcción de posibles salidas laborales (algo tan de boga en los últimos años, el concebir a la educación primordialmente en relación a las variables necesidades del mercado de trabajo), pues es determinante la amplitud del manejo de diversos registros lingüísticos por parte del alumno. En ese sentido, suelo señalarles que si van a una entrevista laboral y se presentan diciendo que vienen por el «coso» y que lo llamaron de la «cosa», probablemente vean reducidas de entrada sus posibilidades de acceder al puesto ofrecido. Hay expresiones que tienen que ver justamente con ese código que se ha ido restringiendo y que se relacionan también con esas posibilidades laborales de futuro y ya no solo con el beneficio más general de poder expresar de mejor modo argumentativo nuestro punto de vista frente a cualquier situación de la vida.

Estas «utilidades» de la filosofía se dan, además, en el marco de la llamada era digital. Es crucial comprender que las tecnologías son un medio y no un fin en sí mismo, sobre todo porque hay cuestiones que si no acompañamos en esta era digital nos van a seguir generando problemas relacionados con la marginalidad cultural, que es la que en definitiva nos está comprometiendo como sociedad.

El educador sigue –y seguirá– siendo decisivo en la construcción de conocimiento de las nuevas generaciones. No alcanza con tener la información al alcance y la brecha de conocimiento no se acorta por simplemente colocar una computadora, un dispositivo digital en las manos de los jóvenes. Ayuda en el acceso, pero lo que en definitiva va a generar una posibilidad real de aprendizaje en el sujeto es la mediación con el mundo de la cultura que representa el docente, la familia, el entorno en el cual está inserto ese individuo. Las tecnologías por sí solas no generan conocimientos ni aprendizajes.

Entonces, en este panorama que hemos venido refiriendo es clave el desarrollo de las virtudes que nos aporta la filosofía y que señalábamos al comienzo. Lo es, como docentes, el asumir nuestra responsabilidad como intelectuales formando ciudadanía crítica. Nuestro trabajo es el de un trabajador cultural, que busca trasmitir la pasión por el conocimiento tanto como el transformar la realidad de desigualdad social, económica y cultural que padecen muchos de nuestros alumnos. Eso lo subrayo porque uno de los riesgos que corremos es el de convertirnos en meros funcionarios que cumplen burocráticamente con el dictado de clases. Si queremos trasmitir la pasión por el conocimiento, el amor por la lectura, debemos sentirlo y vivenciarlo, seguir formándonos (algo que el sistema no cubre adecuadamente ni suele permitirlo por su misma lógica de funcionamiento, con docentes, por ejemplo, saturados de horas de clases, sin tiempo real para la necesaria formación permanente).

La filosofía nos resulta particularmente útil a la hora de reflexionar sobre estas situaciones esbozadas, y que todos los que estamos en situación de aula las estamos viviendo cotidianamente. Martha Nussbaum, filósofa estadounidense, es la autora de un libro que les recomiendo, titulado Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, donde denuncia la crisis de la educación y de las humanidades en el mundo, señalando que no solo se manifiesta en el retiro progresivo del apoyo estatal a las Humanidades (como sucede en Brasil), sino en un cierto desprestigio que produce el dedicarse al campo humanístico, en tanto no tiene una buena consideración en términos lucrativos. Agrega Nussbaum, en un pasaje que cito:

¿Con qué nos encontraremos en el futuro si estas tendencias se prolongan? Pues tendremos naciones compuestas por personas con formación técnica, pero sin la menor capacidad para criticar la autoridad. Es decir, naciones enteras de generadores de renta, con la imaginación atrofiada. En palabras de Tagore, un suicidio del alma. (2010, p.187-188)

Este suicidio del alma que señala Nussbaum respecto del camino que venimos recorriendo quizás no solo se manifiesta en el desprecio de las humanidades sino también en algunos modelos educativos instrumentales que se están imponiendo hoy en día y que muchas veces forjan preguntas ya concebidas desde una respuesta negativa como la de aquel alumno que preguntaba sobre la utilidad de la Filosofía. Combatir esos prejuicios es una tarea clave.

En un mundo intoxicado de información y de consumo exacerbado, donde el otro cada vez nos resulta más lejano, y en donde impera la lógica del lucro, la tarea de la filosofía es vital para construir una democracia fundada en la empatía, en los valores humanistas, en la ética argumentativa. He ahí el sentido central de nuestro rol como intelectuales, de nuestro rol como educadores construyendo democracia, formando ciudadanos. He ahí nuestra imprescindible inutilidad.


Notas

[1] Ponencia presentada en noviembre de 2018 en la Biblioteca Nacional de Montevideo, en el marco del Día Mundial de la Filosofía.

[2] Las declaraciones realizadas por el filósofo, semiólogo y escritor italiano (fallecido en febrero de 2016), autor de obras notables como El nombre de la rosa, El péndulo de Foucault, Apocalípticos e integrados, Tratado de semiótica general, Lector in fabula y Obra abierta, entre muchas otras, fueron realizadas en el marco de una entrevista que le hicieron en el diario italiano La Stampa, publicada en su edición del 11 junio de 2015.

[3] Bernard Crick (1929-2008) fue un politólogo y docente universitario británico, escritor prolífico, cuya obra más reconocida es En defensa de la política, texto donde aborda la necesidad de cultivar determinadas virtudes políticas, como la prudencia, la conciliación, el compromiso, la adaptabilidad, entre otras.

[4] Publicado originalmente en inglés, en el sitio The Conversation, su autor es Gordon Hull, profesor de Filosofía, director del centro de Ética profesional y aplicada de la Universidad de Carolina del Norte en Charlotte. El País de España lo publicó, en nuestro idioma, en su edición web del 15 de diciembre de 2017.

[5] Psicólogo y e investigador polaco, profesor asociado de Comportamiento organizacional en la Universidad estadounidense de Stanford. Entre sus principales líneas de trabajo se encuentran el estudio de los algoritmos y el uso que se le dan a nuestros datos en las redes. Sus textos y conferencias abordan y reflexionan respecto del fin de la privacidad y sus efectos en negocios, gobiernos y personas.

[6] Abogada, escritora, política estadounidense de primer orden, Primera Dama de Estados Unidos entre 1993 y 2001, secretaria de Estado del gobierno de Barack Obama entre 2009 y 2013, fue la primera mujer senadora por Nueva York y se ha postulado en dos ocasiones a la Presidencia de su país como candidata por el Partido Demócrata, perdiendo las reñidas elecciones de 2016 frente a Donald Trump.

[7] Jair Bolsonaro es un político y militar (retirado), de larga trayectoria como diputado, que resultó elegido como presidente de Brasil en las elecciones de 2018, asumiendo como tal el 1° de enero de 2019. Polémico y con un discurso calificado como nacionalista y conservador, con elementos discursivos asociados a la extrema derecha, ha utilizado las redes sociales como espacio fundamental para la expresión de sus ideas y desarrollo de sus campañas políticas.

[8] Ponencia presentada en mayo de 2019 en la Facultad de Información y Comunicación (FIC-UdelaR), en el marco del VII Coloquio de Filosofía e Historia de la Ciencia, titulado Desafíos de la sociedad digital en el mundo contemporáneo.

[9] Instituto Nacional de Evaluación Educativa, que asesora en tal materia al MEC y a la ANEP. Su más reciente Evaluación Nacional de Logros Educativos es del año 2018 y se publicó bajo el nombre de Aristas.

[10] Ponencia presentada en setiembre de 2019 en el CeRP del Norte (CFE-ANEP), en la ciudad de Rivera, en el marco de las viii Jornadas Binacionales de Educación.

Pablo Romero García

Profesor de filosofía. Fundador y coordinador del Proyecto Cultural Arjé. Profesor universitario y en educación secundaria. Maestrante en Política y Gestión de la Educación.